La tía Margie: El día que casi arranco una puerta en Suecia

No hay nada en la vida que me guste más que viajar, bueno, quizás el chocolate; o mejor, viajar comiendo mucho chocolate. No, definitivamente viajar es de las cosas que más me pirran del Universo y oye, no sé cómo me las apaño pero siempre acaba interviniendo alguna anécdota para recordar en cada periplo aventurero en el que me embarco, como el día que casi arranco una puerta en Suecia.

¿No me crees?

Ya me irás conociendo, porque sí, soy muy intensa y te juro que es la primera palabra que me salió en una entrevista que me hicieron hace algunos años y cuyo viaje daría para cientos de historias; quién sabe, algún día las conozcas. El caso —Bea céntrate— es que uno de mis objetivos en la vida es encontrar el equilibrio entre mi vena más payasa y la espiritual.

¡Menudo trabajo!

Así que he decidido que tengo que amarlas a las dos y eso implica abrazar estas historias de las que he aprendido que en vez de hacerme la digna y ponerme tiesa como la mojama, me da más gustazo reírme hasta que no me queda una gota de rímel bien colocada.

¿Lista?

Puedes escucharme narrando esta anécdota para recordar o seguir leyendo la entrada del blog 🙂

El día que casi arranco una puerta en Suecia

Mi tía Margie me regaló un viaje para las dos solas —¡qué peligro!— con la idea de celebrar que no solo hacía cuatro años que había cruzado la barrera de la mayoría de edad, sino que también había terminado la licenciatura. Mi tía Margie podría ser la versión joven de Matilde, la protagonista de los últimos relatos de mi podcast, humor ácido por fuera y azúcar que quiere esconder por dentro.

Te aviso, esta no va a ser la única historia en la que te encuentres a mi tía.

Las dos, ilusionadas y con un pavazo encima que ni las adolescentes más hormonadas, nos plantamos en el aeropuerto de Málaga con nuestros chaquetones nuevos porque madre mía qué frío hace en Suecia en octubre y claro, aquí en la Costa Tropical con cualquier chaquetilla ya pasas el invierno. El aeropuerto estaba hasta los topes, a nosotras nos daba igual. Arrastrábamos maleta de mano —nada de facturar que para cuatro días nos apañamos aunque haya que ponerse siete térmicas encima— y cómo no, una mochila con algunos dulces y bocadillos porque todas sabemos lo mal y caro que se come en un avión.

Y otra cosa no, pero comer nos pierde un rato además de que ayuda a calmar los nervios del trayecto.

Vale, ya que estoy de confesiones te diré que aunque me fascina viajar me aterra volar y haber trabajado en ese mismo aeropuerto tampoco ayuda. No porque el aeropuerto esté mal ni mucho menos, sino porque aprendí lo que es el punto de no retorno en un avión. Vamos, el momento en el que o vuela ese cacharro con alas o te pegas la hostia de tu vida.

Yo iba contándole todos esos detalles a mi tía Margie mientras nos apretábamos un mini croissant de chocolate — qué tiempos aquellos en los que no me tenía que preocupar del gluten— cuando una señora, con olor todavía a permanente recién hecha que iba sentada justo detrás de mi asiento, me llamó la atención.

—Uy, niña, parece que sabes mucho de aviones pero haz el favor de callarte una miaja que el canguelo que me estás dando anda que es chico y vas a conseguir que no vaya a ver más a mi hijo, que el muy cabrón ya se podía haber buscado la novia más cerca —ella siguió con su rosario y nosotras con el nuestro.

Intentamos dormir, no había manera, si casi nos tuvieron que cortar las piernas para salir de allí después de algo más de cuatro horas de vuelo y eso que somos de estatura media; no quiero ni imaginarme las modelos de pasarela. Aunque bueno, tampoco creo que vuelen en bajo coste a los aeropuertos más baratos y lejanos.

Cuando aterrizamos el pelo ya lo teníamos hecho unos zorros, algo positivo tenía el frío, un buen gorro disimulaba cualquier encrespamiento. Nos apretamos el chaquetón, sacamos los guantes y nos rociamos en perfume, ya sabes, para disimular el olor a pastelería recién horneada que llevábamos encima.

Ni mediodía ni nada, ese sol tímido no calentaba y el frío pegaba como si nos hubiéramos ido a ver el amanecer a Sierra Nevada y para remate, nos faltaba una hora de autobús hasta llegar a Estocolmo, viaje barato sí, largo también.

Normalmente me suelo empapar de las ciudades y su cultura antes de cualquier viaje, hago unas rutas que ni la vuelta ciclista. Sin embargo, durante los últimos meses mi futuro más inmediato me llevaba por la calle de la amargura, así que no puse mucho entusiasmo en preparar nuestra aventura sueca. Mi tía Margie se encargó de reservar la habitación del hotel, y ella es un cielo pero todo hay que decirlo, su sentido de la orientación es pésimo.

En la estación de Estocolmo en la que nos dejó el autobús del aeropuerto —no soy capaz de recordar su nombre y mucho menos pronunciarlo— nos dimos cuenta de que el hotel estaba ubicado en la otra punta de la ciudad y que la única forma de alcanzarlo sin amputación de pies mediante ni hacer más de tres transbordos era coger otro autobús.

El único que quedaba ese día.

Se mascaba la tragedia y a mí el miedo del avión se me estaba convalidando con el de quedarme tirada en mitad de la calle con ese frío glaciar que ya había roto la barrera de mis calcetines de invierno. Por Dios, ¿cómo lo hacen las suecas para ir tan divinas y no morir heladas?

Huelga decir que era mi primer viaje a un país nórdico, siempre me había quedado por zonas más mediterráneas así que no había experimentado lo que estaba por ocurrir.

En la estación impronunciable todas las puertas a los andenes permanecían cerradas a cal y canto. En un primer momento no me preocupé, todavía faltaban veinte minutos para que saliera nuestro autobús y no había aparecido aún. Ay, amiga, el drama vino cuando estacionó y la puerta no se abría. Mi tía Margie, agotada, se había dejado caer en los asientos metálicos e incómodos como ellos solos, yo iba de un lado para otro buscando una salida.

¿Serían tan cabrones de no dejarnos coger el autobús?

Faltaban menos de cinco minutos y mi amiga la paciencia hacía un rato que se había ido de bulerías con templanza y racionalidad. Me agarré al pomo grisáceo de la puerta que separaba el ansiado autobús de nuestros cuerpos serranos y comencé a zarandearla como si una jauría de lobos me persiguiera.

Tiré tanto, pierna incluida sobre una de las esquinas bajas del marco por lo de hacer palanca, que unos señores mayores se acercaron hasta mí en una pseudo carrera en la que no dejaba de agitar sus manos. Ellos se aproximaban y yo más tiraba.

Debieron pensar desesperados <<ya están otra vez estos turistas destrozándonos el mobiliario>>. Cuando se acercaron intentando recobrar el aire y el sombrero que uno había perdido con la carrera, me explicaron que el conductor unos minutos antes de emprender el viaje pulsaba un botón y se abría la puerta. Así no se perdía el calor de la estación. Así se ahorraba y se ayudaba al planeta.

¿Te he contado ya que mi tía Margie tiene una risa de todo menos fina y disimulada? El estruendo de sus carcajadas provocó que ni un solo ojo de la estación se apartara de nosotras. Bueno, creo que nadie se perdió nuestro espectáculo desde que hice mi encuentro romántico con la maldita puerta. Quise que la tierra se abriese en ese instante y me devolviese como poco en Australia que allí digo yo que no tendrán que cerrar las puertas para preservar el frío.

<<¡Me cago en el demonio!>> pensé aunque de mis labios secos, no había barra de cacao que los hidratase, solo dije un gracias avergonzado en inglés.

Claro que tenía lógica el invento, es más, con los años lo he visto en otras estaciones de España pero chiquillo, un cartelito, un cartelito no hace daño a nadie. Pero bueno, como te decía no hay viaje sin su anécdota ni su chocolate así que mi tía Margie y yo lo primero que hicimos cuando, por fin, alcanzamos el hotel fue tomarnos un chocolate enorme y bien caliente. Eso y descubrir los sablazos que le íbamos a dar a la tarjeta porque a 6€ la taza… en fin, eso te lo cuento con otra anécdota que como todo lo bueno en la vida, mejor racionar para no empacharse.

¿Tú tienes alguna anécdota para recordar?

Te mando un abrazo lleno de amor, luz y un poquito de chocolate 😉

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