Me acordé de ti con cada palabra

me acordé de ti

¿Te has acordado de alguien de forma inesperada? Una canción, un olor, una frase o el simple gesto en otra persona nos puede trasladar hasta otro lugar sin que podamos echar el freno. Y así, como si fuera cosa de magia, la frase «me acordé de ti» cobra un nuevo sentido.

Me parece muy tierno la complicidad y el mensaje que esconden las palabras más allá de su propio significado. A mí, por ejemplo, me dices «globo» y me voy del tirón a mi compañero de aventuras. Leo en cualquier sitio «saudades» y ya me he trasladado a mi Erasmus o escucho «karma» y Dánae está conmigo sin estar a mi lado.

Nuestras experiencias son las que le dan un valor u otro. Al fin y al cabo somos eso, experiencias que se suman.

El relato de hoy surge de una idea así. De cómo pasar por un lugar en concreto hace que se vuelve a vivir una historia en color y con todos las emociones a flor de piel.

Ojalá nunca dejemos de sentir.

Me acordé de ti

Hoy volví a pasar por nuestra cafetería favorita, sí la de la tarta de queso y nueces, y no he podido evitar quedarme embobado con una pareja como la que fuimos nosotros. Bueno, si es que en algún momento lo fuimos.

¿Sabes? De repente mis pies parecían de cemento pegados al cristal mientras las olas de recuerdos no dejaban de inundar mi mente. ¿Fuimos felices, verdad?

Me acordé de como tu mirada me dejaba fuera de juego con cada parpadeo o como el sonido de tus tacones era el anuncio de la mejor de las fiestas.

¿Te acuerdas de aquella tarde en Tarifa? Estabas hermosa, muy hermosa. Tu piel bronceada se fundía con la fina arena y yo no podía dejar de mirarte. Me parecías una auténtica diosa. Recuerdo como un helado inocente se derramó sutilmente por tu escote e hizo que el océano más frío ardiera. ¡Qué recuerdo!

Y es que a ti nada te detenía. Eras capaz de convencerme de cualquier locura con una sonrisa burlona y un simple “atrápame”. Te encantaba retarme y a mí que me pusieras contra la pared.

Recuerdo aquel día que te plantaste en la puerta de mi casa con tu carmín rojo y tus shorts favoritos. Estabas impresionante aunque no fui capaz de decírtelo. Me imponías tanto…

Abrí la puerta y tu boca ya había sellado la mía. Cuando ya me habías perturbado, solo me dijiste que subiera al coche y que cerrara bien en casa porque esa noche no la iba a pisar. Me temblaron las piernas imaginando qué ocurriría. Insistí a mi manera pero no hubo forma de sacarte ni una palabra de a dónde nos dirigíamos. Tú llevabas el timón y yo era un simple marinero a la deriva.

No parabas de hablar, de contarme tus sueños, de reír y suspirar. Pero en esos suspiros no estaba yo y aunque lo sabía metí en un cajón con llave mi razón.

Me conformaba con esos ratos en los que aparecías y me desordenabas mi ordenada vida. Esperaba ansioso cada mensaje, se me cortaba la respiración con el bip bip y qué vacío cuando no eras tú… Hubo momentos en los que ni dormía mientras encendía una y otra vez la pantalla comprobando que seguías ahí.

También me acordé de tu adiós. Fue como cuando te conocí, ruidoso y sin dejar a nadie indiferente. Así eras tú, un torbellino de emociones que huía en el momento en el que las cosas se ponían serias.

No sé si habrás encontrado a alguien que te haga perder la cabeza, yo desde luego sigo buscándote en cada sonrisa, en cada canción, en cada noche de luna llena… porque cuando te marchaste te llevaste algo más que un beso salado.

Gracias por dejarme besarte con letras.

Puedes conocer otros de mis relatos aquí. También me gusta reflexionar y hablar de libros 🙂

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2 comentarios

  1. Me alegro mucho 🙂

    Espero que el recuerdo fuera al menos bonito aunque en blanco y negro.

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