Enamorada de mis canas. Mi revolución personal

Tengo canas desde los 18 años y hasta noviembre del año pasado me teñía casi cada tres semanas. Lo que empezó siendo una gracia de poder ir a la peluquería y probar distintos tonos, acabó convirtiéndose en la peor de las pesadillas. Me sentía esclava de mi pelo, de mis canas.

Mi pelo crece a una velocidad increíble. Supongo que algo ideal para mantener una melena tan larga como Rapunzel. Sin embargo, un castigo si quieres mantener escondidas esas hebras plateadas y blancas que adorna la cabellera. Siempre he intentado tomármelo con humor.

Mis amigas todavía no tienen canas y mucho menos cuando estábamos acabando el bachillerato. Intenté pensar que ellas habían sufrido los granos en la pubertad y que mi penitencia llegaba con las canas. Una especie de equilibrio absurdo. Por más que intentara buscarle un lado positivo, se iban amontonando granitos de sentimientos no del todo brillantes. Hacía malabares para ocultar con flequillo y peinados distintos la verdad de mi pelo.

No quería ser diferente a las demás mujeres. Me he criado como tantas otras con la idea incrustada en el disco duro de que las canas son síntoma de mujeres viejas y descuidadas pero de hombres con un «yo que sé» de lo más erótico festivo.

Y me da mucha rabia.

Me ahogaba en un mar de incomprensión propia

El agobio al ver cómo mi pelo cambiaba cada vez más rápido y que la sensación asfixiante de no poder hacer nada por más tintes, mechas y productos que probase, me estaba consumiendo. Recuerdo pasear por Cracovia en septiembre del año pasado con una idea que buscaba materializarse en realidad.

Mi cabeza solo veía que de nuevo tenía las raíces blancas a pesar de que me había teñido antes de salir de vacaciones. Todos los vídeos que quería haber grabado allí para el canal no los llevé a término por las canas. ¡Cómo iba a salir así!

Empecé a obsesionarme analizando el pelo del resto de mujeres con las que me cruzaba mientras intentaba buscar una respuesta. Una afirmación que diera aire a esa angustia que me comía por dentro. 

Y la obtuve. Pero no llegó de fuera sino de dentro.

En uno de nuestros paseos por esa bellísima ciudad lo decidí. Después de casi 10 años de químicos, iba a desvelar quién era mi pelo real.

Cómo me dejé las canas

Me defino como una persona intensa y a veces no tengo término medio. Cuando tomé la determinación de ver mis canas libres por el mundo también aseguré que no sería un proceso lento.

Llegué a mi peluquera y le dije con toda la confianza del mundo «rápame la cabeza». Creo que es la primera vez que cuando acudo a una peluquería le temen a cortar demás. Es cierto que ya antes de irme de vacaciones había dado un primer paso, de media melena a corte de chico pero lo que pedía ahora era un rapado al dos.

Cedí en cuanto al número pero dos cortes de pelo después mi belleza real empezó a florecer.

Nunca me he sentido más fuerte y con el autoestima más segura. Ha supuesto la guinda a una revolución personal.

Había pasado de tocar un fondo oscuro y doloroso a sentirme una mujer con ganas de comerse el mundo. Y todo comenzaba por aceptarme tal y como era.

Evento de escritores molpecon
 

He sufrido críticas

Aunque me daba igual la opinión externa, me sorprendió muy gratamente cómo incluso mujeres con las que no he hablado en mi vida me paraban por la calle para preguntarme por mi pelo. Me aseguraban que estaba preciosa, que tenía una luz diferente y que para ellas, era toda una valiente.

No me he sentido valiente como tal pero sí que he tenido que enfrentarme a las barreras limitadoras. Todavía las mujeres vivimos como esclavas a lo que se refiere a nuestro cuerpo. Luchamos contra nuestra propia naturaleza por conseguir el cuerpo de una barbie desfasada. Y qué pena… porque nos perdemos en el camino.

De esa píldora que nos hacen tragar han surgido algunas críticas directas. Me quedé perpleja cuando una señora se acercó y me soltó en toda mi cara y sin remordimiento: «No entiendo cómo no te da nada dejarte las canas, vas a parecer más vieja. ¡Qué horror!»

Con toda la serenidad y convicción del mundo le mostré mis argumentos. El respeto ante todo, incluso cuando se atreven a cruzar el límite de lo privado. No llegó a responder. Me volvió a mirar y se fue.

Otro encontronazo lo tuve con un hombre, y más de lo mismo. Hay momentos en los que me duele que mi valía como mujer se vea condicionada simplemente por el color de mi pelo. No obstante, agradezco ser quien soy y el camino que me ha llevado a la fortaleza que ahora siento.

Decide con libertad el color de tu pelo

Yo defiendo mis canas y el hecho de poder decidir libremente. Me parece igual de maravilloso que una mujer se tiña como que le de rienda al plateado siempre que la decisión venga de la libertad. Nadie debería imponernos nada. Ni una talla, ni un color de pelo, ni un estilo de vida.

Nosotras somos las que tenemos que aprender a escuchar por qué tomamos una decisión y no otra. Qué nos pide el cuerpo en cada momento y recordar que igual que en este instante podemos pensar una cosa, en unos días, meses o años podemos cambiar a lo contrario.

Y todo sigue estando bien.

Porque siendo nosotras mismas es como conseguimos vivir sin remordimientos ni miedos absurdos. No soy la única que ha dado el paso, Ana, una chica maravillosa que encontré en Instagram también ha dado el paso y te lo cuenta en su blog.

Sí, hay una cosa que todavía tengo pendiente, actualizar mis fotos del blog luciendo orgullosa de mis canas 🙂

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